miércoles, 1 de julio de 2009

cosas de familia


Las historias de amor en el arte suelen ser interesantes, apasionadas y entretenidas de conocer. En la obra Hecho en casa, dos emblemáticos bailarines y coreógrafos de la escena nacional exponen su vida.

Daniela Marini conoció a Nelson Áviles hace 16 años, pero la compañía La Vitrina ya existía desde antes. Ella se incorporó como muchas otras estudiantes de la carrera de danza de la Universidad de Chile, comenzando también una historia de amor.

La Vitrina tiene el valor de mantenerse productiva y viva a pesar del tiempo y de los diferentes elencos que han pertenecido a ella. En este momento tienen una sala que –a pesar de ser compartida con una bodega de alimentos– les permite funcionar como compañía estable.

He seguido bastante a esta compañía, pues sus constantes obras son parte de la historia de la danza en Chile. He intentado ir a verlos siempre, pero no veía bailar a Nelson desde antes del '93 (ver último párrafo post: escarbar) y me impresionó, pues como Daniela está embarazada de 8 meses el movimiento de la obra se sostuvo por él, asunto que inyectaba una especie de novedad antigua que era muy bella. Su danza era concentrada y profunda, sus brazos amplios y lineales, mientras Daniela mantenía la dulzura con movimientos suaves, cuidados, tranquilos y cómodos.

Fue interesante también como ellos nos hacían aproximarnos a sus vidas a través de los objetos. Todo lo que estaba en el espacio correspondía a cosas de su casa, a excepción quizá de algunos juguetes. Después de una compilación de gestos, movimientos y extractos de sus obras anteriores, hubo una escena muy significativa en donde a través de una cuerda se simuló –según yo– un espacio uterino lleno de pelotas de pool. Daniela flotaba en el suelo e intentaba explicar cómo comenzaron a dejar de ser dos y hacer familia.

Sin embargo, entrar a un espacio de ficción, como es ir a ver una obra a un lugar determinado, para mí es un ritual que saboreo, y está vez no tuve esa sensación. Los dos bailarines hacían entrar a la gente como si entraramos a su casa. Lo curioso es que estaban vestidos iguales (como esas parejas que salen a correr con el mismo buzo) y comenzaron la obra conversando con los asistentes de manera muy normal... el quiebre de la ficción me desorientó, pues si realmente fuera todo normal no habríamos estado sentados mirando de la manera convencional (como espectadores).

La obra transcurrió interrumpida por diferentes textos que explicaron demasiado acerca de sus vidas. Creo que a pesar de que evidentemente siguen habiendo secretos, who cares!, no nos interesan los detalles y sabemos bien que la danza puede expresar grandes sentimientos sin ser directa, asunto que permitiría expresar ideas sin exponerse de esa manera, pues la obra no instala al público en la idea de voyeur, al contrario, ellos saben y conducen lo que nos quieren mostrar de sus vidas.

A pesar de estas diferencias que mantengo, la obra se puede seguir con claridad y hay momentos de mucha sensibilidad que da muestra de la comunicación y de la capacidad que han tenido estos creadores de aunar sus ideas en pro de un proyecto mayor. La Vitrina, además ha propiciado la realización constante de talleres de técnica e investigación, como también la creación de obras de sus integrantes, facilitándoles el espacio para trabajar y presentar sus obras, lo que es de un gran valor dadas las precarias condiciones en que los bailarines debemos ejercer nuestra profesión normalmente.

Felicito el esfuerzo por hablar desde un lugar menos consignatario y más íntimo que nos relaciona con la necesidad que tienen ellos por vincularse a la danza, buscando las maneras de permanecer. Sin embargo, y en esto no critico a Nelson ni a Daniela en particular, no me deja de perturbar la asociación entre "familia" y "danza", pues ésta alude a un tipo de relación humana –abundante en nuestra disciplina– que supone lealtades férreas y casi ciegas, llegando a conformar núcleos pequeños e irreductibles como el de Bunster - Turner. Este no es el único, habiendo otros linajes, que –sin ser de sangre– también están atravesados por la lógica de pertenecer-ser, ser-pertenecer, la que tiende a aplanar las diferencias e impedir el ingreso de ideas heterodoxas (¿heréticas?).

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